Tema del Mes

ABRIL 2013

Cómo ser "progre" y de Boca... al mismo tiempo

14 / 04 / 2013 - Por Matías Marini

Alguna vez La Boca fue un barrio genovés, de laburantes pobres, de anarquistas. El barrio del primer diputado socialista de América Latina. "Pero ya no tengo quince años", declara el autor de este artículo, "y la vida me fue llevando a mirar el mundo de un modo distinto al que me habían enseñado de pibe. Ya no veo a Boca solamente como el equipo del pueblo. Empecé a ver a Boca como parte del poder. Y hace tiempo que aprendí a desconfiar del poder".

Deben ser los brujos. Justo cuando me siento a escribir me entero que se murió el Tano Roma. El Tarzán fue, es y será mi primer gran recuerdo bostero. Es el protagonista central de una de las pocas escenas familiares que guardo de aquellos tiempos: sentado a la mesa de la cocina con mis hermanos escuchando el momento en el que el Tano le ataja el famoso penal a Delem en 1962. “Tenemos un arquero/que es una maravilla/ataja los penales sentado en una silla”. Tenía cinco años. El cantito me quedó grabado. Lo cantaban en la Bombonera. Otros tiempos, claro. Pero más que sentado en una silla, el Tano, dijo luego la historia, se adelantó por lo menos un metro. Imposible saberlo en ese momento. El televisor era un bien escaso. Y el fútbol televisado más todavía. Estábamos todos pegados al relato de Bernardino Veiga, que seguía la campaña de Boca por Radio Mitre. Y Bernardino festejaba como festejábamos nosotros en la cocina. ¡A quién carajo le importaba que el Tano se había adelantado! La frase del árbitro Nai Foino alejando a los jugadores de River que protestaban también hizo historia: “Aire, aire, penal bien pateado es gol”. Fue mi primer Boca campeón. Encima contra River. “River campeón/River campeón/De la bolita y el ping pong”. La Bombonera explotó. Ahí entendí como nunca de qué se trataba el fútbol. De qué se trataba ser de Boca. Por algo ese Boca campeón es mi primer equipo de memoria, como se daban antes, con los números de corrido: Roma, Silvero y Marzolini, Simeone, Rattin y Orlando, Pueblas, Menéndez, Valentín, Pezzi y Alberto Mario González (Gonzalito).

Supongo que la locura, si no era propia, era familiar. En ese momento yo era el menor de cinco hermanos (después se sumaron algunos más). “Podés ser del equipo que quieras pero si no sos de Boca, te tenés que ir de casa”, nos decía el viejo. Y todos fuimos de Boca, claro. En el ’69 el viejo quería rechazar una invitación de Alberto J. Armando, que era presidente de Boca, para ir a almorzar con el plantel un sábado a La Candela. “Se cree que me va a comprar”, decía el viejo, que era juez. Le hicimos un piquete. Allí fuimos todos. Guardo un tesoro de esa visita: una foto con el Tano Roma.

Mis hijos también son de Boca, por supuesto. No usé con ellos el mismo método extorsivo de mi padre… bueno, más o menos. Es Boca y con eso no se jode. Casi me vuelvo loco el día en que, estando en un largo viaje por el exterior, llamé a Tomi, que tenía dos años, y empecé el diálogo con el código habitual:

-¿De qué cuadro sos Tomi?

-De Rosario Central, papi.

-¿Quéee? ¿Qué dijiste? ¿Cómo Rosario Central? ¿Qué Rosario Central?

-Sí pá, es como Boca, tiene los mismos colores que Boca.

-¿Quién fue el hijo de puta que te dijo eso?

Tardé en descubrir al turro que engañó a Tomi sólo para joderme a mí. Desmontar la mentira con mi hijo fue más fácil, aunque allí aprendí que las ausencias con los hijos (y no solo con los hijos) se pagan. En medio de tantos hermanos, recuerdo dos momentos mágicos. En los que me sentí “hijo único”. La sensación de tener a tus viejos solo para vos. El primero fue cuando me caí de la Estanciera porque cerré mal la puerta del auto. Los viejos se quedaron horas conmigo en la cama hasta tener la certeza de que estaba bien.

Y el segundo fue cuando el viejo, que tenía dos plateas, me eligió para ir al Gallinero, el 2-2 que nos dio el título de 1969. “Mirá que vamos a estar en una platea de River, no grités los goles”. Me aguanté con el primero. No con el segundo. Me ligué un paraguazo inolvidable en la cabeza. Los dos goles fueron del Muñeco Madurga. ¡Qué jugador! Parecía un cinco brasileño. De los de antes. Y el Tano Novello. Otro fenómeno. Ponce-Peña en las puntas y Di Stéfano como DT. No parecía Boca. Yo había crecido con eso de que si Boca hacía un gol chau, andá a cantarle a Gardel, partido terminado. Después vinieron mis años de Bombonera con esa defensa Pernía-Nicolau-Rogel. Tres asesinos seriales. Pasaba la pelota, no el hombre. Silvio (Marzolini) era Lady Di al lado de esas bestias.

Por eso, haber visto a ese Boca del ‘69 coronarse campeón jugando al ataque, sin pelotazos, con toques y precisión, es el otro recuerdo inolvidable. Recuerdo doble: de “hijo único” y de bostero. Cierro con el día en que perdimos por penales el título del ’91 contra el Newell’s de Bielsa. Ya era un grandulón. Tenía la pierna derecha enyesada. Me había roto tibia y peroné jugando al fútbol. Había querido imitar al Loco Gatti (otro ídolo) en una salida desde el arco y terminé en el hospital (fue mi despedida de las canchas). Seguía en casa por radio la definición por penales contra Newell’s. Piquito desvió el último y me saqué. Pateé una puerta de madera con la pierna enyesada… Fue mi último gesto de hincha.

Claro que sigo gritando los goles, algunos más que otros, y sufro según lo que esté en juego. Y también nos juntamos con Tomi para ver algunos partidos. Pero los años, y las cosas que uno se entera del fútbol, fueron aplacando mi fanatismo. Por momentos me resulta imposible ver partidos con Tomi. Los sufre, no los disfruta. Sí disfruta cuando va a la cancha. Pero disfruta de la fiesta en la tribuna. No del partido. Va a la cancha pero no ve el partido. Tomi no disfruta del fútbol. Disfruta de ser hincha de Boca. Ama a Boca de un modo que a mí me cuesta cada vez más amarlo. A mí no me importa perderme algunos partidos de Boca, pero no tolero, en cambio, perderme partidos del Barcelona.

Me siguen emocionando, eso sí, las historias de fidelidad del fútbol. No las de “el Abuelo” Barritta o “el Rafa” Di Zeo. Hablo del hincha común. Pero, debo admitirlo, esas historias de lealtad eterna, de aguante incondicional, por más conmovedoras que sean, no me producen envidia. Hoy, si Boca juega mal, y el partido no define nada, prefiero ver tenis.

Además, y este es el nudo de lo que quiero decir, ya no tengo quince años. La vida me fue llevando a mirar el mundo de un modo distinto al que me habían enseñado de pibe. Más que distinto, de un modo más amplio. Y ya no veo a Boca solamente como el equipo del pueblo. Empecé a ver a Boca como parte del poder. Y hace tiempo que aprendí a desconfiar del poder. El primer Boca que sentí que hacía abuso de poder fue el del Puma Armando en sus últimas presidencias y el Toto Lorenzo DT. Ese Boca ganaba con lo justo y sin gustar. Un Boca clásico. Pero Armando y el Toto, por mucho que pudieran saber, eran de una arrogancia insoportable. La arrogancia siempre es insoportable, claro. Pero es más insoportable cuando parte desde el poder. Y eso era Boca.

No debe ser casual que el presidente que más veces ha reivindicado a Armando haya sido Macri. Si Armando tuvo al Toto Lorenzo, Macri tuvo a Bilardo. El Toto y Bilardo seguro que saben de fútbol. Pero los dos amaron la trampa. Y Armando-Macri, nuestros dos presidentes más exitosos, también son la trampa. Fueron y son cierta obscenidad del poder. Armando patentó lo de “la mitad más uno”. Macri habló del “Boca hegemónico”. Armando estafó con la Ciudad Deportiva. A Macri le fascinó una “Bombonera fashion” de palcos VIP. Armando, si bien peronista, fue candidato político de los militares (del partido del brigadier Ezequiel Martínez en elecciones de 1974). Macri, más “liberal”, es “la gran esperanza blanca” de la derecha. Los dos fueron líderes en venta de autos. Yo no les hubiese comprado ni siquiera un auto usado.

La Boca, es cierto, fue barrio genovés. De laburantes pobres. De anarquistas. El barrio del primer diputado socialista de América Latina, el abogado de 25 años Alfredo Palacios. Y el barrio del olor a mierda que llegaba del Riachuelo, la mierda que nos tapó, como aún hoy suelen recordarnos todas las hinchadas, cuando además nos cantan que somos todos bolivianos y paraguayos.

Ganar 1-0 y con el “huevo, huevo, huevo”, sufriendo como le gusta a Tomi, y a muchísimos otros, y el contraste con las Gayinas Millonarias que eran vecinas y se fueron al “elegante barrio de Núñez” agiganta la escena del equipo del pueblo. Pero Boca, en realidad, fue amigo del poder desde mucho antes que Armando y Macri. Su primer político-hincha más notorio fue el general Agustín Justo, golpista contra Yrigoyen, figura de la Década Infame, del Fraude Patriótico, del humillante pacto Roca-Runciman, presidente argentino de 1932 a 1938. Mucho antes que Perón, Justo usó y abusó del deporte como herramienta política. Miembro de la Comisión de Hacienda de Boca, a Justo, que nos dio dineros públicos, le debemos la construcción de la Bombonera. Y también los fichajes de Francisco Varallo y Roberto Cherro. Justo recogía aplausos cada vez que iba al estadio. Dio puntapiés iniciales, entregó trofeos (algunos llevaban incluso su nombre) y puso como presidente de la AFA a otro bostero, Eduardo Sánchez Terrero, que era su yerno.

Primer presidente reelegido en la AFA, en 1938, Sánchez Terrero fue clave para que los cinco grandes del fútbol argentino consolidaran su reinado. Luego vino a Boca. A cuidar que los dineros que consiguió su suegro fueran para construir la Bombonera. Más de medio siglo después, Boca fue el trampolín perfecto de Macri. Pasaron a llamarlo Mauricio y a votarlo. Recuerdo el día que le ganó las elecciones en Boca a la dupla Alegre-Heller. Alegre venía del radicalismo y Heller del PC. Mauricio venía del country.

El fútbol, lo sé, jamás será socialista. Ganan, casi siempre, los grandes. Y somos, casi todos, hinchas de los grandes. Si uno se jacta de “progre” y defensor de las minorías, el fútbol, entonces, nos coloca en contradicción. Acaso la primera vez que percibí algo de esto fue en aquel mismo año de 1969 en el que celebré contra River en el Monumental. Unos meses antes, por el torneo Metropolitano, estuve en la Bombonera el día que Chacarita nos ganó 1-0. Era un Chacarita extraordinario. Un chico que se animaba en cualquier cancha y terminó siendo campeón. Debo admitir que me emocioné con la alegría del Funebrero en la Bombonera. En realidad, el fútbol que juegan casi siempre los equipos chicos tiene mala prensa. “Fútbol obrero”, “fútbol cooperativo”. “Lo colectivo antes que lo individual”. Debería estar de acuerdo. Pero una cosa es la vida y otra el fútbol. Quiero que gane el “Boca-mitad más uno”, el “Boca-hegemónico”, el Boca protegido por árbitros y periodistas. Y quiero que en ese Boca haya héroes individuales. Los amamos aunque, muchas veces, coloquen a su ego y su bolsillo por encima del club.

Cuando escribo estas líneas, marzo de 2013, siento que Boca es hoy más tango que nunca. Niebla del Riachuelo. “Amarrado al recuerdo, yo sigo esperando”. Nos amarramos a qué: a un recuerdo. Hablo de las vueltas del Virrey y de Román. Los dos, y no es casualidad, lo dejaron garpando cada uno en su momento a Macri. Bianchi lo dejó hablándole a las paredes en una conferencia de prensa inolvidable. Y Riquelme le hizo el Topo Gigio. El Virrey, es cierto, exageró con eso del “celular de Dios” con tanta definición por penales, pero su Boca parecía invencible. Y Román la pisó contra todo Brasil. Juntos, hace unos años, nos hicieron felices. Nos ayudaron a seguir siendo hinchas de Boca. Pese a Macri.