Tema del Mes

FEBRERO 2013

Anatomía de un fanatismo

17 / 02 / 2013 - Por Abel Escudero Zadrayec

¿Cómo es que alguien que vive a 700 kilómetros de Buenos Aires se hace un tatuaje siendo fóbico a las agujas, se tira de un tren en movimiento, viaja a Japón solo, rompe su nuevo equipo de música y hace cualquier cosa (pero cualquier cosa en serio) por conseguir entradas para ver a River?

No importaba cuánta gomina se echara ni cuán tirante se peinara: nada alcanzaba para disimular su cabello ondulado. En la cabeza le quedaban como olas. Me hacía acordar a mi abuelo, que me enseñó a jugar a las cartas mientras me contaba una y otra vez cómo era el furibundo shot de Bernabé Ferreyra y la magia espeluznante del “Charro” Moreno.

Había una diferencia de accesibilidad: mi abuelo era mi abuelo, estaba siempre dispuesto a timbear y hablar de River, mientras que don Roberto era don Roberto, el jefe de Deportes del diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca, y yo era un pibito de diecisiete años que tenía el pelo largo, cursaba el secundario y recién empezaba a garabatear en el periodismo.

Don Roberto Cortina Bazán había dejado la jefatura hacía poco, después de tres décadas. Pero su figura prolija seguía imponiendo en la redacción solemnidad, admiración y distancia: sobre todo, distancia. Por eso me sorprendió que aquella tarde de 1992 me dirigiera por primera vez esa voz cargada de noches de tango, que era su amante. Porque Don Roberto estaba casado con el fútbol, pero lo engañaba en los tugurios de Bahía y de la zona cantando bajo el seudónimo Roberto Del Barrio.

-Pibe, ¿usted de qué club es hincha?

-De River.

-¿Y acá en Bahía?

-De Liniers. Soy “Chivo”.

-¿Y es más hincha de River o de Liniers?

-¡De River! Me hice un tatuaje y todo.

-Qué barbaridad.

-¿El tatuaje o ser de River?

-Las dos cosas. Oiga, pibe, usted debería hinchar más por su club de acá.

-¿Por?

-¡Porque es de acá!

-¿Y?

-¡Cómo “¿Y?”! ¿Cómo se va a identificar más con un club de Buenos Aires, pibe...? –Don Roberto era silenciosamente fanático de Olimpo. Luego de su muerte (en 1994, a los 60 años), las cabinas de prensa del estadio Roberto Carminatti recibieron su nombre.

-Qué sé yo... no es algo que se piense: se siente.

-¡Pero piense, pibe…! ¡Piense!

Y me dejó pensando: ¿por qué era tan de River que a los diecisiete llevaba dos años recorriendo seguido los 700 kilómetros hasta Buenos Aires? ¿Cómo era que pese al miedo a las agujas me había hecho un tatuaje?

No se podía explicar por tradición o por genes. Mi abuelo fue un par de veces al Monumental y listo: escuchaba los partidos por radio y hacía palitos cuando había un gol porque llevábamos un Prode familiar. Y mi viejo siempre tuvo una actitud descremada. Me compró de chiquito el equipo completo de River, más que nada para asegurarse mi filiación correcta. Pero nunca me llevó al Monumental, un lugar que pisó apenas dos veces: para la final de la Supercopa contra el San Pablo en 1997 y, al año siguiente, para ver a los Rolling Stones con Bob Dylan. Las dos veces lo invité yo. De pibe le decían “Sangre”, a mi viejo.

Y ahora que lo pienso de nuevo, don Roberto, creo que yo de chico tenía cierta energía, digamos, sin canalizar. Me refiero a una energía anímica, sentimental. Ya me había ido a vivir solo, era promotor del mejor boliche de Bahía, firmaba notas en el diario de la ciudad, había debutado... Tal vez, en lugar de aferrarme a una novia, evité mayores problemas y me enamoré de River, que se convirtió en mi particular síndrome de Estocolmo.

Hice de todo por esos colores. En la tribuna Almirante Brown baja (actual Sívori) colgué en muchísimos partidos la bandera “Torrente pasional-Abel-Bahía Blanca”; conocí varias canchas de Sudamérica, e incluso fui solo a Japón para la Copa Intercontinental de 1996; según un par de amigos economistas, que un día hicieron cuentas, en River me gasté el monto equivalente a un buen departamento.

Más de una vez me trepé sin boleto al tren Bahía-Constitución, que hace veinte años tardaba menos de las catorce horas que tarda ahora. Viajaba en la clase Turista, entre cebolleros que se emborrachaban y escuchaban música toda la noche; colimbas que lucían desnutridos; bandas de pibes de veintipico que fumaban marihuana y eructaban familiarmente Tía María, y personajes turbios de la edad de mi viejo que estafaban inocentes con la tapadita, el juego de la pelota y los tres vasos. Yo no era el único que corría a hacer fuelle entre dos vagones cuando alguien avisaba que venía el guarda, pero sí fui el único que un sábado de mayo de 1992 a las dos y media de la mañana tuvo que tirarse con el tren en movimiento (aunque a menos de diez kilómetros por hora).

-Es simple, guacho -me dijo el boletero-. O te bajás acá nomás o te doy una paliza.

Si me hubiera visto usted, don Roberto, tan solo, fané y descangayado en la noche fría y negrísima... Calculé que estaba cerca de Olavarría e hice lo primero que se me ocurrió: caminar por las vías. De pronto vi luces y llegué a la estación. Seguí hasta la ruta 226, e hice dedo, y me levantó el primer auto que pasó (un Peugeot 504 marrón al mando de un viajante llamado Raúl) y encima pisé Buenos Aires antes que el tren, y el domingo 24 de mayo de 1992 vi en el Monumental cómo le ganamos 2-1 a Estudiantes de La Plata con goles de Ramón Díaz y Gustavo Zapata.

Liniers, mi equipo de Bahía, llevaba entonces 44 años sin salir campeón y eso en mi vida representaba una mueca; era una nota al pie. Pero River perdía y yo no salía; era un tratado sobre la depresión adolescente. Ojo, siempre le tuve cariño al “Chivo”. Mucho. Desde chiquito jugué a todo en el club y lucí con orgullo la camiseta albinegra. Sin embargo, nunca sus desventuras me provocaron arrebatos como, por ejemplo, cuando el 11 de octubre de 1992 perdíamos 1-0 en La Bombonera y Hernán Díaz erró un penal: por la ventana del segundo piso tiré mi primer equipo de música, un Sony de una casetera con la novedad del CD, más FM y AM.

La Copa Libertadores de 1996 fue un pico de éxtasis. En Bahía ninguno de los dos cables tenía TyC Sports, imprescindible para ver los partidos de visitante (de local iba a viajar sí o sí). Rastreando una mañana ubiqué el lugar más cercano donde los pasaban: Cabildo.

Cabildo es un pueblo rural de unos 2.000 habitantes que pertenece al distrito bahiense y está a 50 kilómetros, por la ruta 51. Ahí nació mi abuelo paterno, el que me hablaba de Bernabé y el “Charro”, pero yo jamás había ido. Hasta el 25 de marzo del 96, cuando River enfrentó al Minervén en Puerto Ordaz, Venezuela. Fuimos dos en mi auto, un Citroën 3CV destartalado y blancuzco apodado “El Merengue”. Lo vimos en un bar frente a la plaza central y ganamos 2-1 con goles de Amato y Crespo.

En el segundo partido (4-1 al Caracas) ya éramos diez en Cabildo. Y en el tercero (1-2 contra el Sporting Cristal del Perú), unos cincuenta. Se había corrido la bola. El 2-1 a San Lorenzo lo viví desde la tribuna, pero al volver me contaron que en Cabildo hubo alrededor de cien peregrinos. A la ida por las semifinales, contra la Universidad de Chile, fui a Santiago; viajé un día y medio en micro, empatamos 2-2 y me ligué un botellazo en la frente. En Cabildo lo habían visto doscientos tipos. Y para la vuelta se juntaron más de trescientos.

Ya era épico. Aunque no fue nada comparado con la primera final contra el América de Cali. Éramos como mil: una manada de gallinas copó el pueblo, cantó, se tomó todo. Y no nos preocupó la derrota 1-0. Sabíamos que en el Monumental se daría la vuelta. Fui testigo ese 26 de junio de 1996, una noche de paroxismo inigualable. Pero un poco extrañé la revolución de Cabildo. Me contaron que lo invadieron tantos hinchas de River como habitantes había en la localidad. Tuvieron que habilitar un gimnasio, un teatro, la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, el bar y casas de familia. Hasta cobraron entrada. Fue, según me dijeron varios cabildenses, el día más alegre y recordado en la historia del pueblo.

Pero no se me enoje, don Roberto: al menos todo eso pasó en el distrito bahiense. Y poco después, el 6 de octubre de 1996, Liniers finalmente salió campeón tras una sequía de 48 años y yo estuve en la cancha de Sporting. Incluso mi auto, “El Merengue”, encabezó la caravana de la gloria desde Punta Alta. Aunque fue sin querer. En cambio, queriendo, cuatro veces en los 90 fleté colectivos llenos de bahienses hinchas de River. Decenas fueron al Monumental por primera vez conmigo. La oferta incluía viaje ida y vuelta más entrada. Y yo les pasaba videos de River, les enseñaba cantitos y les contaba historias de la cancha.

El jueves 7 de agosto de 1997 casi me agarra un infarto. Llamé a mi contacto para que me guardara cincuenta entradas, pero me dijo que no podía porque las filiales tenían prioridad, que lo disculpara. ¿Y cómo me iban a disculpar los muchachos que se ilusionaban con ver a River campeón del Clausura? Me iban a colgar en la plaza Rivadavia... (Por cierto, en Bahía la plaza central no se llama ni “de Mayo” ni San Martín ni Belgrano ni Independencia: se llama Rivadavia. Es uno de los tantos ejemplos de lo que llamo #bahiensidades. Como tener una esquina Lavalle y Dorrego.)

River jugaba contra Vélez de visitante. Así que en un rapto de desesperación lúcida llamé a Vélez y reservé cincuenta populares para la inexistente “Peña Fortinera de Bahía”. El viernes bien temprano volé a Buenos Aires, tomé un taxi y me presenté en la boletería: “Hola, soy de la Peña Fortinera de Bahía y vengo a buscar mis cincuenta entradas”. El tipo me dijo: “Uh, mirá vos, pensé que era chiste... Tomá”. Pagué, me subí a otro taxi, fui al Aeroparque y volé de regreso; a la tarde ya estaba trabajando en el diario. El micro salió el sábado a la noche. Cuando conté la historia de cómo había conseguido las entradas me ovacionaron: era El Papá Noel Más Piola del Mundo. Incluso arreglé con unos conocidos de Los Borrachos del Tablón para que pudiéramos meternos en la popular visitante, aunque tuviéramos entradas locales. Para completarla, Enzo Francescoli clavó dos goles y ese domingo 10 de agosto de 1997 River se coronó bicampeón. Al volver formé la filial “Bahía es blanca y con una banda roja”.

Sigo pensando, don Roberto, por qué soy tan hincha de River siendo del Interior. Pero sigo sin saber, y sigo pensando que no tiene mucho sentido pensarlo.