Tema del Mes

NOVIEMBRE 2013

En el nombre del padre

18 / 11 / 2013 - Por César Francis

¿Cómo descubre uno la pasión por un club de fútbol, cuando ese proceso no se da por herencia paterna? ¿Y de qué clase de amor se habla cuando se habla del amor por el propio club? Un homenaje a esa suerte de epifanía, al padre que nos lleva por primera vez a la cancha, y a esa extraña forma de inmortalidad que es el fútbol.

Sucedió en marzo de 1972, una noche de viernes en plan familiar, mientras yo iba y venía por nuestra casa de la calle Reconquista, un segundo piso por escalera en el que vivía con mi papá Nassif, mi mamá Teresa, mi abuelo José y mi tío Alberto. Era una casa de la época, con paredes altas y un largo patio que, además de unir las cuatro habitaciones, desembocaba en la cocina y en el baño. Yo había cumplido seis años, vestía pantalón corto y zapatos de charol, y caminaba de un lado para el otro porque, justamente, no pasaba nada divertido. Parecía una noche común y corriente. Sin embargo, al contrario de lo que ese tedio infantil hacía suponer, faltaban pocos minutos para yo tomara, inconscientemente o no, una elección que definiría una parte del resto de mi vida. Las relaciones con nuestros viejos son eso: una porción grande de nosotros.

Mi tío Alberto, una especie de hermano mayor que había tratado en vano de contagiarme su pasión por River (intentó convencerme desde el corazón y también desde el interés, con innumerables regalos de camisetas, pantalones, pelotas de cuero y muñequitos Larguiruchos y Topos Gigios con la banda roja), estaba tirado, en su cama, mirando un partido de fútbol transmitido por los únicos dos colores que monopolizaban la televisión de aquellos años, el blanco y el negro. Y entonces sucedió algo que me paralizó, diría que casi me hipnotizó: en mi ir y venir de niño aburrido de departamento, me tomé un descanso y me dirigí como un sonámbulo hacia la pantalla con sus antenas en forma de V y le pregunté, con la firmeza con la que un cirujano toma un bisturí, cuáles eran los equipos que estaban jugando ese partido.

Sin dejar de mirar la tele, y con bastante desdén, mi tío me dijo “Argentinos Juniors y San Lorenzo”. Para él fue una respuesta más, pero no para mí, porque cuando terminó de pronunciar la última “o” de San Lorenzo, sentí una extraña fuerza que se apoderó de mí, de mis pensamientos y de mis sentimientos, infló mi pecho, potenció mis infantiles cuerdas vocales y salí en una carrera enloquecida de grito de gol atravesando el patio vociferando soy de San Lorenzooo, soy de San Lorenzooo, ya lo decidíii, soy de San Lorenzooo.

Debí parecer poseído por algún alma en pena porque mi padre, Nassif Chucri, un libanés del norte de 43 años, de los montes del Líbano más precisamente, y que vivía en la Argentina desde hacía una década, después de haber viajado cuarenta días en barco, se agachó y detuvo mi alocada carrera con sus manos enormes y su tono más cariñoso. “Papá (así me decía, no “hijo” sino “papá”), espere, no se apure. Usted (porque también me trataba de “usted”) es muy chico para decidir el club. Cuando sea grande, hágalo, pero todavía no”, me dijo mirándome a los ojos y con unas palabras que entremezclaban dos sensaciones ambiguas: que yo estaba adoptando una decisión de suma trascendencia (la elección de un equipo de fútbol) y que, sin embargo, había algo en aquella determinación que empezaba a inquietarlo. Pero en ese momento, y durante mucho tiempo más, me fue imposible develar cuál era el motivo o la razón que le molestaba de mi flamante pasión por San Lorenzo.

A partir de aquella noche comencé a vivir en azul y rojo. Y no paré. Un día, desde el colegio, citaron a mis padres para recomendarles que me llevaran a un psicopedagogo: estaban preocupados porque yo pintaba el tronco de los árboles de azul y las hojas, de rojo. Por supuesto, mi Cabildo y mi Casa (ex) Rosada también eran azulgranas. Obviamente nunca fui al psicopedagogo pero, en una charla de hombre a hombrecito, mi padre me explicó que no podía pintar todo de rojo y azul. Durante esa conversación volví a percibir que algo de mi amor a San Lorenzo le molestaba, aunque él intentaba encriptar esa incomodidad.

La llegada de San Lorenzo a mi vida fue como si se agrandara la familia. A partir de aquel marzo de 1972, las salidas de los domingos (al zoológico, a las calesitas, a la calle Florida o a las hamacas y toboganes en la plaza San Martín) tenían, además de la presencia de mis padres y de mi hermana Marité, la intromisión de la mítica radio portátil que llevaba pegada a mi oreja, lo que implicaba, oh pecado, sacrificar la mano de mamá o papá. Y cuando entrábamos a un bar a tomar algo, la radio seguía encendida, por lo que mi papá, que hasta ese entonces nunca había presenciado un partido y no entendía muy bien la pasión criolla por el fútbol, acentuó su molestia por tener a “ese” San Lorenzo tan invasor en el seno de su familia.

Recuerdo que un día me planteó que, si yo insistía en caminar con la radio, ya no habría salidas los domingos, pero con mis siete u ocho años le respondí que no me importaban los paseos. Mi obsesión por escuchar la Oral Deportiva, de lunes a viernes, también le generó cierta tensión. Yo no entendía qué le sucedía con San Lorenzo a aquel gigante libanés que me adoraba, derramaba dulzura al tomarme de la mano, me llevaba por la vida sobre sus hombros y de regreso de su trabajo me traía cajas completas de figuritas. Pero San Lorenzo lo ofuscaba. Y yo no sabía por qué.

Pasaron los años y mis pedidos para conocer el Gasómetro se volvieron insostenibles. Incluso logré la adhesión de mi madre y de mi tío riverplatense, pero San Lorenzo ganó los campeonatos de 1972 y 1974 y yo vi esas finales por televisión, desde la cama de mis padres. Un día tomé la decisión: no quería ser más un hincha de televisión y, tomando cierto coraje, le planteé a mi papá que, con el mismo derecho con el que él quería buenas notas mías en el colegio, yo también quería ir a la cancha. Tuvo charlas con mi madre que yo escuché detrás de las puertas entreabiertas hasta que, finalmente, y con el asesoramiento de mi tío para llevarme a un partido que no fuera peligroso, un día accedió. 

Así llegó aquel domingo donde perdería mi virginidad de cancha: la noche previa no pude dormir de corrido porque temía que el clima me jugara una mala pasada y la lluvia suspendiera el partido, pero por suerte amaneció despejado y solo quería que corrieran las horas para que emprendiéramos la marcha hacia el Gasómetro de la Avenida La Plata.

De acuerdo a la hoja de ruta planeada por mi tío, fuimos a la parada del 7, en Maipú y Córdoba, y subimos al colectivo que con el paso de las cuadras comenzó a poblarse de hinchas y de cantos. Mi papá, absorto, miraba todo entre sorprendido e incómodo. Yo, en cambio, sentía felicidad pero no sabía cómo expresarla. Bajamos del colectivo y caminamos hacia el estadio en nuestro nuevo ritual: boletería, entradas en mano y a la popular subiendo aquellos tablones de vaivén mágico y con un espacio entre medio de las maderas que, para mis 8 años, parecían un abismo. Fue esa ascensión por la popular de San Lorenzo que nos brindó, a mi papá y a mí, un guiño cómplice: con mi manito me aferré a su manota, lo miré y me dijo “No tenga miedo, está conmigo”, mientras simultáneamente le demostraba que, con él al lado, yo también era capaz de enfrentarme a todo.

Aún hoy, cuatro décadas después, y cuando escribo estas líneas, todavía siento su mano cubriendo la mía. No sólo eso: también siento como si el sol siguiera iluminando mi mirada cómplice hacia su rostro, en un gesto que transmitía el mejor orgullo, el orgullo de que él fuera mi papá. No fue un momento cualquiera: por primera vez le podía demostrar cuán importante él era para mí y mi confianza, y esa revelación tampoco surgió en cualquier lado, sino en el Gasómetro. ¿Dónde, si no?

San Lorenzo ya nos unía como ninguna otra cosa y a la salida, después del partido, me propuso “¿Quiere ir a tomar la leche?”, y fuimos a la pizzería de la esquina y me pedí el café con leche con medialunas más rico de mi vida. Casi no hablamos, pero no hacía falta: solo nos mirábamos con amor, mucho amor. Se nos dibujaban las sonrisas por tanto amor recíproco que nuestras caras no sabían cómo disimular, y luego volvimos a casa.

Esa escena, por un tiempo, se convertiría en habitual. Solo me pedía que no insultara en la cancha y que no gritara los goles como un loco, pero la peregrinación de ir caminando a la parada del 7, bajar y marchar hasta las boleterías, el escalar los tablones de su mano y el café con leche posterior, más las miradas de complicidad y amor, les daban a aquellas tarde de fútbol un lugar de encuentro por partida doble: por un lado me encontraba con mi San Lorenzo, o sea con el Gringo Scotta (mi ídolo) , la Oveja Telch, el Sapo Villar, el León Espósito y el Mono Irusta, y por otro lado nos permitía a mí y a mi viejo expresarnos toda nuestra unión. Yo era un niño pero tenía perfectamente clara la sensación de que estaba viviendo momentos tan singulares con mi viejo que me marcarían para siempre.

Con los años, cuando mi padre dejó de ir a la cancha, comencé a comprender que la cierta frialdad que demostraba hacia San Lorenzo no eran ni más ni menos que celos. Celos de que su hijo, su orgullo y su proyección, amara a algo o a alguien más que a él. Lo empecé a detectar con algunos comentarios suyos, al pasar, durante mi adolescencia, como “claro, vaya a ver a San Lorenzo” o “San Lorenzo, San Lorenzo, siempre hablando de lo mismo” o “habiendo tantos equipos justo de San Lorenzo”. Y esas frases no sólo fueron habituales en mi adolescencia, sino también en mi adultez.

Los años siguieron con su paso inexorable, el cuerpo de mi viejo fue tocado por una enfermedad que tiene historial a su favor en las estadísticas y, en nuestras charlas de despedidas, aquel libanés tosco pero dulce, duro pero tierno, por fin me confesó por qué le molestaba tanto mi militancia por San Lorenzo. Me lo dijo así: “Sabe qué pasa, papá (recuerden que me trataba de usted y me decía papá). Siempre supe que San Lorenzo es inmortal, y yo no, y me daba y me da envidia saber que San Lorenzo va a estar con usted siempre, y yo no, y usted va a disfrutar de su sentimiento mucho más tiempo que a mí”.

Me tiré en su cama, lo abracé y lo besé, pero me separó como siempre: ante la efusividad no conocía otra reacción. Igual, por supuesto, le dije que lo quería y, para respetarlo, no volvimos a hablar de San Lorenzo ni de la finitud del existir. El tiempo se escurrió, el viejo se fue, caí en un vacío digno de un cráter lunar en mi vida y en mi alma, y deambulé con un dolor intenso durante semanas, meses e, incluso, más de un año. Nada me conectaba con la alegría, la pasión ni el sentir. Había cumplido casi cuarenta años pero, como me dijo un amigo, “por más años que uno tenga, uno nunca está preparado para perder al viejo”.

No sabía qué podía sacarme de ese letargo y de ese vagar paradójicamente indoloro generado por tanto dolor. Hice terapia con alguna hora de más en la semana, pero no podía recordar a mi viejo: la angustia se potenciaba y anulaba todo, aunque lo que más quería era pensar en él. Seguí yendo a la cancha pero era como si estuviera fundido en glaciares. Pensaba que nunca iba a rescatarme de tanta nada interior hasta que un domingo, sentado en la platea norte del Bidegain, mirando a la azulgrana hubo un desborde en el área rival, un centro atrás de manual, un cabezazo y un gol que me eyectó del asiento, elevó mis manos y sacó de mi interior un grito plagado de furia, fervor y alegría.

Me miré con los cuervos de alrededor, apretando los puños, gritando un vamo sin “s”, y mientras me dejaba caer en mi platea percibí que ese grito de gol representaba algo más que una alegría por los potenciales tres puntos: aquel gol era lo primero que me había sacado del dolor de perder a mi viejo. El duelo empezaba a quedar atrás gracias a San Lorenzo y entonces sí, en aquella tarde de fútbol en el Bidegain, me permití volver a recordar las escaladas de la mano de mi viejo en el Gasómetro, nuestras idas en el 7 a la cancha y el café con leche después de los partidos.

Cómo no voy a querer a San Lorenzo, el mismo San Lorenzo que tantos celos le generaba a mi papá, si también me hizo recuperar a mi viejo adentro mío, en mi alma.

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